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el sabroso oficio / del dulce mirar Góngora – ¡Qué difícil es entender la belleza! Günter Eich

sábado, 28 de febrero de 2009

Mis amigos (Camilo Castelo Branco)


Camilo Castelo Branco (1825-1890) fue un escritor portugués: cronista, crítico, dramaturgo, historiador, poeta y traductor. Para los portugueses es sencillamente Camilo. Hoy viene a esta página con un soneto sobre ciertas amistades, pero ha de volver con un fragmento de alguna de sus novelas, como Amor de Perdição, por ejemplo.


MIS AMIGOS

¡Amigos ciento diez, casi a raudales,
conté una vez! ¡Qué vanidad sentía!
Supuse que en la tierra no existía
otro dichoso tal entre mortales.

Amigos ciento diez, tan serviciales
y escrupulosos en su cortesía,
que harto de verlos ya, me escabullía
de sus inclinaciones vertebrales.

Caí enfemo un día gravemente.
Perdí la vista. Y uno solamente
se presentó a colmarme de atenciones.

«¿Qué podemos nosotros allí hacer?
Si ciego está, ¿nos puede ver?»
¡Qué ciento nueve intrépidos bribones!


(Traducido por El transcriptor)




OS MEUS AMIGOS

Amigos, cento e dez ou talvez mais
eu já contei. Vaidades que eu sentia!
Supus que sobre a terra não havia
mais ditoso mortal entre os mortais!

Amigos, cento e dez...tão serviçais,
tão zelosos da lei da cortesia,
que já farto de os ver me escapulia
às suas curvaturas vertebrais!

Um dia adoeci, ceguei profundamente...
Dos cento e dez houve um somente
que não quebrou os laços quase rotos...

«Que vamos nós lá fazer?
Se está cego, não nos pode ver!»
Que cento e nove impávidos marotos!...



Camilo Castelo Branco tuvo una vida muy atribulada que le sirvió con frecuencia de inspiración para sus novelas. Fue el primer escritor de lengua portuguesa que vivió exclusivamente de su obra literaria. A pesar de tener que plegarse a los dictados de la moda para complacer al publico lector, consiguió tener una escritura muy original.

Nota. En la ilustración de esta entrada vemos a Camilo Castelo Branco en un billete de 100 escudos, la antigua moneda portuguesa (100 $ = 50 céntimos de euro).



(Con datos de la Wikipedia)


viernes, 27 de febrero de 2009

Abuelita, dime tú (Antonio Valle)

Ilustración de Kim Weiss

Otro microrrelato de La ventana de Millás.


ABUELITA, DIME TÚ

Cuando llegué a la casa de mis abuelos, corrí hasta la ventana para ver si estaban en el huerto, como siempre, y vi a mi abuelita que venía hacia la casa por el pequeño camino de cemento entre las fresas. Llevaba con ella a Bunny, pero no lo tenía en el regazo, sobre el viejo delantal de cuadros; lo llevaba cogido por los pies y Bunny se movía incómodo. Iba a gritarle que había traído hojas de lechuga y zanahorias, cuando levantó a Bunny estirando el brazo y con la otra mano le dio un golpe en la cabeza, una especie de golpe de kárate, pero el conejo se movió y entonces le dio otros tres golpes seguidos, usando la mano  como un hacha. Y Bunny dejó de moverse. Mi abuelita bajó los brazos, metió una mano en el bolsillo del delantal y se volvió para llamar a mi abuelo, que estaba hablando con un vecino. Luego siguió caminando lentamente hacia la casa. Yo me fui corriendo y me encerré en el 850 de mi padre. Bajé todos los pestillos.

Antonio Valle


El cocodrilo (Felisberto Hernández)

Ilustración de Gutiérrez

Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), pianista y escritor uruguayo, está considerado uno de los principales exponentes de la literatura fantástica de todo el idioma castellano. Destacamos de él Las Hortensias y La casa inundada.

Este fragmento pertenece al cuento "El cocodrilo", donde el narrador, que malvive dando conciertos de pianos en pequeñas poblaciones, se ve obligado a buscar otro trabajo complementario para mejorar su situación económica. Pero, ¿por qué ese título de "El cocodrilo"? Para saberlo, hay que buscar el libro de cuentos La casa inundada y leer este espléndido cuento...



En una noche de otoño hacía calor húmedo y yo fui a una ciudad que me era casi desconocida; la poca luz de las calles estaba atenuada por la humedad y por algunas hojas de los árboles. Entré a un café que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa descuidada de la calle o del interior de las casas y después las llevaba a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de felicidad. Antes yo había cruzado por aquellas ciudades dando conciertos de piano; las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto; tenía que coordinarlos, influirlos mutuamente y tratar de encontrar algún hombre que fuera activo. Casi siempre eso era como luchar con borrachos lentos y distraídos: cuando lograba traer uno, el otro se me iba. Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los diarios.

Desde hacía algún tiempo ya no tenía esa preocupación: alcancé a entrar en una gran casa de medias para mujer. Había pensado que las medias eran más necesarias que los conciertos y que sería más fácil colocarlas. Un amigo mío le dijo al gerente que yo tenía muchas relaciones femeninas, porque era concertista de piano y había recorrido muchas ciudades. Entonces podía aprovechar la influencia de los conciertos para colocar medias.



(Página del Centro Virtual Cervantes  y una uruguaya sobre Felisberto Hernández )



jueves, 26 de febrero de 2009

Por el Carnaval que se fue


Autor desconocido



Fotografía de Mário Nurmi

También las fotografías nos cuentan muchas cosas, tienen su texto; es cuestión de poner a andar la imaginación. Recién terminado el Carnaval, vengan estas dos fotos, pues: una del más famoso carnaval de nuestra vieja Europa, el de Venecia, y la otra del más famoso carnaval de América, o del mundo, el de Rio de Janeiro.

Alguien que esconde su identidad tras una máscara  (la bauta, más el tricornio y la capa) y una joven, a cara descubierta, casi.

¿Qué historia les escribimos?


El hombre de arena (E.T.A. Hoffmann)



El hombre de arena (Der Sandmann) es el cuento más célebre de E.T.A. Hoffmann. Publicado en 1817 en sus Cuentos nocturnos (Nachtstücke), es el cuento más representativo del máximo autor del género del romanticismo negro (Schwarze Romantik, conocido también como literatura de terror gótico) durante el siglo XIX.

El cuento relata la vida de un estudiante, Nathanaël, quien está traumatizado por la muerte de su padre, ocurrida durante su infancia. A pesar de estar comprometido, se enamora de un autómata construido por Coppelius y un cómplice. Nathanaël cree que éste es real. El descubrimiento del truco lo lleva a la locura y, al final, a la muerte.

El cuento es narrado por alguien que dice haber conocido a Nathanaël. 



Nataniel a Lotario

Seguramente estarán ustedes muy preocupados porque hace tanto tiempo que no escribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y contento, y me he olvidado de mi adorado ángel que llevo tan hondo en mi corazón. Pero no es así; cada día y a cada momento estoy pensando en ustedes y en dulces sueños se me aparece la imagen tierna de mi querida Clara y me sonríe con sus ojos alegres, como solía hacer cuando yo iba a visitarlos.

¡Pero cómo podría haberles escrito en este estado de ánimo que ha turbado de tal modo mis pensamientos! Algo espantoso ha penetrado en mi vida.. Oscuros presentimientos de un destino pavoroso que me amenaza se extienden como negras nubes sobre mi ser y no dejan pasar un solo rayo de sol.

Debo contarte ahora lo que me ha sucedido. Sé que tengo que hacerlo pero no puedo evitar que una extraña sonrisa me deforme la boca de sólo pensarlo. ¡Ah, mi querido Lotario! ¡Cómo hacerte sentir en alguna medida lo que hace pocos días me ha sucedido y que de tal modo me ha destrozado la vida! Si estuvieras aquí podrías verlo con tus propios ojos, pero así seguramente dirás que estoy loco y veo visiones.

En pocas palabras: lo espantoso que me ha sucedido, cuya impresión mortal procuro en vano alejar de mí, consiste en lo siguiente: hace pocos días -para ser más exactos el 30 de octubre, a las doce del mediodía- llamó a mi puerta un vendedor de barómetros y me ofreció su mercancía. Yo no le compré nada y lo amenacé con arrojarlo por las escaleras, ante lo cual se marchó por sus propios medios.

Imaginarás que sólo razones muy particulares, hondamente arraigadas en mi vida, pueden hacer que le dé importancia a este hecho y que la persona del vendedor de barómetros ejerciera sobre mi una impresión tan nefasta. Y así es. Pongo en juego todas mis fuerzas para dominarme y poder así contarte con calma y paciencia algunos episodios de mi primera juventud que te permitirán comprender todo con la mayor claridad. A punto de empezar es como si te oyera reír y decirle a Clara: "Son cosas de niño". ¡Pero ríanse, por favor, ríanse de mí con ganas, les ruego que lo hagan! ¡Por Dios!, me estremezco, y es como si les suplicara que se rían de mí con una desesperación que es casi delirio, como Franz Moor le suplica a Daniel. Bueno, pero ahora al grano.

Salvo durante los almuerzos, mis hermanos y yo veíamos muy poco a mi padre en el día. Seguramente estaba muy ocupado con su trabajo. Después de la cena que, siguiendo la vieja costumbre, se servía a las siete, todos íbamos -también mamá- al cuarto de trabajo de mi padre y nos sentábamos alrededor de una mesa redonda. Papá fumaba su pipa que acompañaba con un enorme vaso de cerveza. A menudo nos contaba historias extraordinarias y lo hacía, con tanto ardor que siempre se le apagaba la pipa, que yo debía volver a encender con un papel, lo que constituía mi mayor alegría.



E.T.A. Hoffmann
(Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, 1776-1822)


Un poema de Antonio Méndez Rubio


Fotografía de Eva Pau



PARA QUE NO PUEDA PENSAR QUE LA HE OLVIDADO

No olvides decirle
que la recuerdo en las escaleras del tren
con el atardecer inquieto
mordiéndole desesperadamente la cintura.



Antonio Méndez Rubio (Fuente del Arco, Badajoz, 1967)



miércoles, 25 de febrero de 2009

Sobre la pasión de contar (Gustavo Martín Garzo)

Ilustración de IILeNnAII

Del libro El hilo azul La pasión de contar, el secreto placer de leer, que recoge artículos de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) publicados en diversos periódicos, extraemos este fragmento, una anécdota bastante significativa acerca de la importancia que tiene para cualquier persona el hecho de contar algo.

Recuerdo ahora una pequeña historia. Una historia real, que tuvo lugar hace años en el aeropuerto militar de Villanubla. Entonces no habían trazado aún la desviación actual y la carretera cruzaba la pista de aterrizaje. Un agricultor se dirigía a un pueblo próximo llevando en su camioneta a una vaca. La niebla, un error inexplicable, permitieron que la camioneta invadiera alegremente la pista justo en el momento en que aterrizaba un bombardero. El choque fue clamoroso. No hubo víctimas humanas, pero la camioneta quedó completamente destrozada y la vaca murió. El agricultor trataba de explicarse los hechos mientras los soldados lo condujeron al puesto de guardia. Allí le esperaba el coronel. Estaba muy nervioso y le habló de los riesgos inherentes a la vida militar y de lo difícil que era afrontar sin errores las graves responsabilidades que exigía el cumplimiento del deber. Hizo una pausa y le pidió disculpas por lo que acababa de suceder. Estaban dispuestos a indemnizarle, a hacerlo valorando tanto su camioneta como su vaca en un precio superior al que había pagado por ellos. Sólo le ponían una condición, nadie debía saber lo que había sucedido esa noche en el aeropuerto. El agricultor reflexionó unos momentos y luego movió la cabeza negando. No podía ser, contestó tímidamente. Prefería quedarse sin nada. Cualquier cosa antes de no contar en su pueblo lo que le había pasado a la vaca.

(...)

Creo que la pasión de contar es inherente a la naturaleza humana. Que contar es volver a vivir, pero poniéndose a salvo del desorden propio de la vida. Y que, en el fondo, la verdadera vida no es tanto la que únicamente se vive, sino aquella que al tiempo de vivirse se puede contar, o que se vive contándola. Como si vivir verdaderamente sólo fuera estar contándonos algo. Darnos el don de una historia.


Non olet

Moneda de la época de Vespasiano que fue emperador entre el año 69
y el 79 d.C., en que murió.

Tito, hijo del emperador Vespasiano, le recriminaba a su padre el cobro de impuestos sobre las letrinas públicas. El emperador le acercó a su hijo el dinero de la primera recaudación preguntándole si le molestaba el olor, y al contestarle Tito: "non olet" (no huele), le replicó "y sin embargo es producto de la orina."


(De la contraportada del libro de ensayo Non olet de Rafael Sánchez Ferlosio. Ediciones Destino)


sábado, 21 de febrero de 2009

De poetas y aviadores (Santiago Gamboa)



Esta columna del colombiano Santiago Gamboa fue leída hace unas tres semanas en el Club de Lectura de nuestro instituto.


DE POETAS Y AVIADORES

La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca. Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio. Disculpen el tono personal. Esta historia será excesivamente personal.

El protagonista número Uno es, como ya dije, el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil, la de todos los días, es controlador aéreo, una de esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y guían a los aviones a través de las rutas del cielo.

La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los ochenta) controlaba vuelos en el aeropuerto de la isla de Santa María, la más grande del archipiélago de las Azores, en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte.

Una noche, al llegar a su trabajo, el jefe le dijo:

-Hoy dirigirás un solo avión.

Ivo se extrañó, pues lo normal era llevar una docena de aeronaves. Entonces el jefe le explicó:

-Es un caso especial, un piloto inglés que lleva un bombardero británico de la Segunda Guerra Mundial hacia Florida para un coleccionista de aviones que lo compró en una subasta en Londres. Hizo escala aquí y continuó hacia Canadá, pues tiene poca autonomía, pero lo sorprendió una tormenta, debió volar en zigzag y ahora le queda poca gasolina. No le alcanza para llegar a Canadá y tampoco para regresar. Caerá al mar.

Al decir esto le pasó los audífonos a Ivo.

-Debes tranquilizarlo, está muy nervioso. Dile que un destacamento de socorristas canadienses ya partió en lanchas y helicópteros hacia el lugar estimado de caída.

Ivo se puso los audífonos y empezó a hablar con el piloto, que en verdad estaba muy nervioso. Lo primero que éste quiso saber fue la temperatura del agua y si había tiburones, pero Ivo lo tranquilizó al respecto. No había. Luego empezaron a hablar en tono personal, algo infrecuente entre una torre de control y un aviador. El inglés le preguntó a Ivo qué hacía en la vida, le pidió que le hablara de sus gustos y de sus sentimientos. Ivo dijo que era poeta y el inglés pidió que recitara algo de memoria. Por suerte mi amigo recordaba algunos poemas de Walt Whitman y de Coleridge y de Emily Dickinson. Se los dijo y así pasaron un buen rato, comentando los sonetos de la vida y de la muerte y algunos pasajes de la Balada del viejo marinero, que Ivo recordaba, donde también un hombre batallaba contra la furia del mundo.

Pasó el tiempo y el aviador, ya más tranquilo, le pidió que recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, tradujo sus poemas al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una violenta tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad. "Noto una tristeza profunda, un cierto descreimiento", le dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta que llegó el temido momento en que la aguja de la gasolina sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar.

Cuando esto sucedió el jefe de la torre de control le dijo a Ivo que se marchara a su casa. Después de una experiencia tan dura no era bueno que dirigiera a otras aeronaves.

Al día siguiente mi amigo supo el desenlace. Los socorristas encontraron el avión intacto, flotando sobre el oleaje, pero el piloto había muerto. Al chocar contra el agua una parte de la cabina se desprendió y lo golpeó en la nuca. "Ese hombre murió tranquilo", me dice hoy Ivo, "y es por eso que sigo escribiendo poesía". Meses después la IATA investigó el accidente e Ivo debió escuchar, ante un jurado, la grabación de su charla con el piloto. Lo felicitaron. Fue la única vez en la historia de la aviación en que las frecuencias de una torre de control estuvieron saturadas de versos. El hecho causó buena impresión y poco después Ivo fue trasladado al aeropuerto de Porto.

"Aún sueño con su voz", me dice Ivo, y yo lo comprendo, y pienso que siempre se debería escribir de ese modo: como si todas nuestras palabras fueran para un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad.

Santiago Gamboa



(Publicado originalmente en El País, 2-5-2008)


viernes, 20 de febrero de 2009

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais"


"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die.

Este es uno de los parlamentos más famosos de la historia del cine y uno de sus finales más hermosos. El libro que sirvió de base para el guión de esta película, Blade Runner, se hizo famoso por ella, pero es una obra menor en la carrera del escritor estadounidense de novelas de ciencias ficción Philip K. Dick. Sin embargo, esas palabras no aparecen en la novela. Al parecer fue algo improvisado por el actor, el alemán Rutger Hauer. ¿Será verdad o será una leyenda urbana?


¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (en inglés: Do Androids Dream of Electric Sheep?) es una novela corta, perteneciente al género de la ciencia ficción, escrita en 1968 por Philip K. Dick (1928-1982).

El clásico del cine de ciencia ficción, Blade Runner, dirigido por Ridley Scott en 1982 se basa en esta novela. Dick murió ese mismo año, antes de que se estrenara la película.

La acción se sitúa en un mundo cubierto de polvo radiactivo, tras una guerra nuclear que ha matado a casi todos los animales, por lo que la gente tiene animales eléctricos. El protagonista es Rick Deckard, un ex-policía y experto Blade Runner (aunque en la novela no tiene este nombre, sino el de «cazador de bonificaciones»), que debe eliminar a un grupo de Nexus 6 — androides de última generación casi idénticos a seres humanos— que ha llegado hasta la Tierra, huyendo desde una colonia espacial debido a las terribles condiciones de vida a las que estaban sometidos.


La novela, uno de los clásicos de Dick, trata temas como el impreciso límite entre lo artificial y lo natural, la decadencia de la vida y la sociedad, y aborda diversos problemas éticos sobre los androides. También, dado su estética y descripciones de un mundo destruido, abandonado, donde la tecnología es omnipresente, se la puede enmarcar en el género del cyberpunk.

(Wikipedia)



Sobre los libros

Ilustración de Aurora Aguilera (México)

Algunos escritores aumentan el número de lectores de lectores; otros sólo aumentan el de libros.

Jacinto Benavente


Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Italo Calvino


No hay libros buenos para un necio.

Diderot


La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo se requiere para aprender a leer y a sacar provecho de lo leído, yo he necesitado para eso ochenta años.

Goethe


No importa que los libros sean fáciles o difíciles, cortos o largos con tal de que disfrutéis.

J. Holt


Y dos citas de Oscar Wilde:

No existen libros morales o inmorales. Sólo libros bien o mal escritos.
Si no podéis disfrutar leyendo un libro más de una vez, de nada sirve leerlo una sola vez.




(Tomado de 81 citas y un manifiesto en defensa del libro. Complilación de Charo Ruano. Amarú Ediciones, Salamanca)



El dinosaurio de Monterroso

Dibujo de Augusto Monterroso


Ayer leímos en el Club de Lectura un microrrelato titulado "Un encuentro casual".

¿Habrá algún microrrelato, microcuento... más breve? Pues sí, aquí está el "texto completo" del famoso minicuento del escritor guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003).

¿Alguno de vosotros lo ha leído o escuchado alguna vez?




Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.





Para los alumnos mayores hemos buscado una ayudita que explique el porqué de la fama de esta texto.

El profesor Lauro Zavala señala al menos diez elementos literarios que justificarían su persistencia en la memoria colectiva:

1) la elección de un tiempo gramatical impecable (que crea una fuerte tensión narrativa) y la naturaleza temporal de casi todo el texto (cuatro de siete palabras),

2) una equilibrada estructura sintáctica (alternando tres adverbios y dos verbos),

3) el valor metafórico, subtextual, alegórico, de una especie real pero extinguida (los dinosaurios) y la fuerza evocativa del sueño (elidido),

4) la ambigüedad semántica (¿quién despertó? ¿dónde es allí?),

5) la pertenencia simultánea al género fantástico (uno de los más imaginativos), al género de terror (uno de los más ancestrales) y al género policiaco (a la manera de una adivinanza),

6) la posibilidad de partir de este minitexto para la elaboración de un cuento de extensión convencional (al inicio o al final),

7) la presencia de una cadencia casi poética (contiene un endecasílabo); una estructura gramatical maleable (ante cualquier aforismo),

8) la posibilidad de ser leído indistintamente como minicuento (convencional y cerrado) o como micro-relato (moderno o posmoderno, con más de una interpretación posible),

9) la condensación de varios elementos cinematográficos (elipsis, sueño, terror)

10) la riqueza de sus resonancias alegóricas (kafkianas, apocalípticas o políticas).




jueves, 19 de febrero de 2009

Cuento de hadas para mujeres del siglo 21 (L. F. Veríssimo)


CUENTO DE HADAS PARA MUJERES DEL SIGLO 21

Érase una vez, en un país muy lejano, una hermosa princesa, independiente y con una gran autoestima que, mientras contemplaba la naturaleza y pensaba en cómo el maravilloso lago de su castillo cumplía con todas las normas ecológicas, se encontró con una rana. Entonces, la rana saltó a su regazo y dijo:


- Hermosa princesa, yo era antes un hermoso príncipe. Una pérfida bruja me hechizó y me transformé en esta asquerosa rana. Un beso tuyo, sin embargo, me transformará de nuevo en un bello príncipe, podremos casarnos y formar un hogar feliz en tu hermoso castillo. Mi madre podría venir a vivir con nosotros y tú podrías preparar mi comida, lavarías mi ropa, educarías a nuestros hijos y viviríamos felices para siempre.


Aquella misma noche, mientras saboreaba unas ancas de rana salteadas, acompañadas de una cremosa salsa con cebolla y de un finísimo vino blanco, la princesa sonreía y pensaba:


- ¡Ni muerta!



Luís Fernando Veríssimo (brasileño)



(Traducido por El transcriptor)



Texto original en portugués:


CONTO DE FADAS PARA MULHERES DO SÉCULO 21


Era uma vez, numa terra muito distante, uma linda princesa, independente e cheia de auto-estima que, enquanto contemplava a natureza e pensava em como o maravilhoso lago do seu castelo estava de acordo com as conformidades ecológicas, se deparou com uma rã. Então, a rã pulou para o seu colo e disse:

- Linda princesa, eu já fui um príncipe muito bonito. Uma bruxa má lançou-me um encanto e eu transformei-me nesta rã asquerosa. Um beijo teu, no entanto, há de me transformar de novo num belo príncipe e poderemos casar e constituir lar feliz no teu lindo castelo. A minha mãe poderia vir morar conosco e tu poderias preparar o meu jantar, lavarias as minhas roupas, criarias os nossos filhos e viveríamos felizes para sempre…

Naquela noite, enquanto saboreava pernas de rã à sautée, acompanhadas de um cremoso molho acebolado e de um finíssimo vinho branco, a princesa sorria e pensava:

- Nem morta!



Un encuentro casual (Javier Macías)


UN ENCUENTRO CASUAL

El otro día, camino del metro me crucé con una persona. Mientras nos acercábamos uno al otro nos miramos sin pestañear hasta dejarnos atrás. Unos metros más allá me di la vuelta y la otra persona también lo hizo. Nos miramos de nuevo a los ojos sin decirnos nada. Tenía aquella melancolía en los ojos tan familiar para mí. No me cabía duda. Era yo mismo. Yo llevaba barba de tres días y ella no. Yo tenía bigote y ella no. Yo soy hombre y ella era mujer. No sabría decirte qué es lo que me llevó a tal certeza, pero te aseguro que era yo.


Javier Macías



Este microrrelato fue enviado al programa La ventana de Gemma Nierga, en la Cadena Ser, a la sección "La ventana de Millas", que dirigía el escritor Juan José Millas y que posteriormente era publicada en el diario El País. A partir de un tema propuesto por Millás, los oyentes escribían sobre él. "Un encuentro casual" apareció bajo el lema ¿Quién soy yo? La identidad personal, en definitiva.

En la introducción, Millás cuenta una historia muy curiosa, y terrible, sobre el escritor norteamericano Mark Twain.

Este escritor contaba que su madre solía meterlos a él y a su hermano gemelo, en la bañera mientras ella trajinaba por la casa. Para distinguirlos, ya que eran idénticos, les ataba en la muñeca una cinta de distinto color. Un día, cuando regresó al cuarto de baño, uno de los gemelos se había ahogado y las cintas de ambos flotaban en el agua. Fue imposible averiguar cuál de los dos había muerto, por lo que Mark Twain nunca supo si era él o era su hermano.



miércoles, 18 de febrero de 2009

La nariz (Nikolai Gógol)


El asesor colegiado Kovaliov se despertó bastante temprano y dejó escapar un "brrr...", cosa que hacía siempre al despertarse, sin que él mismo pudiera aclarar el motivo. Kovaliov se despertó y mandó que le alargasen un espejito que había en la mesa. Quería verse un pequeño grano que la tarde anterior le había salido en la nariz. ¡Cuál no sería su asombro al observar que el sitio dedicado a la nariz estaba liso como una tabla! Kovaliov, sobresaltado, pidió agua, mojó una toalla y se frotó los ojos: ¡nada, que la nariz había desaparecido! Se dio pellizcos para cerciorarse de que no estaba dormido. No, parecía que no era un sueño. El asesor colegiado Kovaliov saltó de la cama y sacudió la cabeza. ¡No tenía nariz!... Pidió al instante la ropa y se fue como una flecha a ver al jefe de policía.

(...)

Mordiéndose los labios de despecho, abandonó la pastelería y, contrariamente a su costumbre, hizo voto de no mirar ni sonreir a nadie. De repente, se detuvo absorto a la entrada de una casa. Algo inexplicable acababa de ofrecerse a su vista: ante el portal se había detenido un coche; habíase abierto la portezuela e, inclinándose ligeramente, había saltado del coche un caballero de uniforme, que subió a buen paso las escaleras. ¡Imaginaos el horror y la estupefacción de Kovaliov al comprobar que aquel señor era su nariz! Ante un fenómeno tan sobrenatural, le pareció que todo se trastocaba. Sentíase desfallecer, pero, ¡temblando como un palúdico, resolvió esperar a toda costa hasta que la visión reapareciese. En efecto, al cabo de dos minutos salía la nariz. Iba de uniforme recamado en oro, de cuello alto; pantalón de gamuza y espadín al cinto. Por el plumaje del sombrero podía colegirse que era consejero de estado. Todo parecía indicar que iba de visita. Miró a ambos lados, pidió a gritos el coche, se metió en él y se alejó.





El autor de este cuento tan divertido, y que os aconsejamos leer, La nariz, se llamaba Nikolái Vasílievich Gógol (en ruso: Николай Васильевич Гоголь; 1809-1852). Fue un escritor en lengua rusa nacido en Ucrania. A pesar de que muchas de sus obras muestran la influencia de su educación y cultura ucraniana, escribió en ruso, por lo que sus obras se consideran parte de la literatura rusa. Su obra más conocida es probablemente Almas muertas, considerada por muchos como la primera novela rusa moderna.


martes, 17 de febrero de 2009

Un clásico latino: Marcial



Con qué elegancia el poeta hispano-romano Marco Valerio Marcial (40-104) manifiesta a su enemigo Lino que no siente un gran aprecio por él, precisamente. Nada de exabruptos o malas palabras. Así de fino era Marcial.



CONTRA LINO, A QUIEN ODIABA

¿Me preguntas, Lino, qué ganancia me produce mi finca de Nomento?
Esta es la ganancia que me produce mi finca: no verte, Lino.


(Traducción de Juan Fernández Valverde y Antonio Ramírez de Verger)




Texto original en latín:

Quid mihi reddat ager quaeris, Line, Nomentanus?
Hoc mihi reddit ager: te, Line, non uideo.




En el siglo I d.C. surge la figura del poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial (40-104 d.C.). Su mote (Martialis) recuerda seguramente su nacimiento el día 1 de marzo (Martius), aunque no es enteramente probable. Descendía de una familia relativamente humilde pero pese a ello pudo marchar a vivir a Roma (entre 64 y 98 d.C.). Allí desarrollará toda su carrera poética más importante apoyado por varios protectores y consiguiendo la fama especialmente gracias a sus Epigramas (86 d.C.), un total de 1.500 poemas que nos hablan de las peores costumbres de la sociedad romana. También escribió el Liber Spectaculorum, sobre los espectáculos del recién inaugurado Coliseo romano. Volvió a su ciudad natal al final de su vida, añorante, cansado del ajetreo de la capital del Imperio. Una vez en Bilbilis (ciudad existente junto a la actual Calatayud, en Zaragoza), su añoranza por Roma fue mayor, si cabe, que la que antes sintiera por su patria celtibérica.

(Datos sobre Marcial: http://www.enciclopedia-aragonesa.com)




Un clásico griego: Arquíloco


Busto de Arquíloco. Siglo I o II d.C. según original datado de final del siglo II o II a.C.



Nada curo llorando y nada empeoraré
si me afano en gozar de la alegría.

(...)

Infeliz voy sin alma por obra del deseo,
y es querer de los dioses este dolor difícil
que hasta los mismos huesos me traspasa.



Arquíloco (em griego, Άρχίλοχος, 680-645 a. C.) nació en Paros, una pequeña isla jonia del mar Egeo, famosa por su mármol. Los antiguos lo ponían en pie de igualdad con el mismo Homero.

Arquíloco se nos presenta como poeta soldado, alguien que vivía de la guerra mientras cultivaba la poesía. Pasó su vida entre las luchas políticas y las rivalidades de Paros. Según Critias, por ese motivo se arruinó económicamente, contrajo numerosas enemistades, y empobrecido marchó a Tasos. Terminó sus días durante la defensa de Paros en la guerra contra Naxos, isla cercana.

Antes de los romanos estaban los griegos, y a ellos deben los romanos una buena parte de su cultura, que llegó hasta todos nosotros a través de ellos. ¡Qué intensidad la de estos versos de Arquíloco! Y son unos fragmentos. ¿Cómo serían los poemas completos?

Por curiosidad, aquí tenéis el texto original de los dos fragmentos.

Οὔτε τι γάρ κλαίων ἰήσομαι οὔτε κάκιον
Θήσω τερπωλάς και θαλίας ἐφέπων.


δύστηνος ἔγκειμαι πόθῳ
ἄψυχος, χακεπῇσι θεῶν ὀδύνῃσιν ἣκητι
πεπαρμένος δι᾿ ὀστέων.



El ala y la cigarra

Fragmentos de la poesía arcaica griega no épica
Traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal
(Hiperión)



Papiro con versos de Arquíloco



(Datos sobre Arquíloco: Wikipedia)




lunes, 16 de febrero de 2009

Libre te quiero (Agustín García Calvo)

Dibujo de Leen-chan

Agustín García Calvo (Zamora, 1926) es el autor de estos versos. Un cantante llamado Amancio Prada les puso música y los cantó.


Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.

Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.

Buena te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mía.

Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
pero no mía.

Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.



sábado, 14 de febrero de 2009

Tiempo afilado (Blas de Otero)


Para quien alguna vez haya oído hablar del carpe diem y de lo que eso significa, dos versos de un poema de Blas de Otero, "Medialba".


no malgastes el tiempo como el filo de una navaja,
no gastes el tiempo como una navaja abandonada en mitad de la calle.


Vida (Vicente Aleixandre)

Fotografía de artisfire

Del sevillano Vicente Aleixandre (1898-1984), miembro de la denominada Generación del 27, es este poema, de su libro La destrucción o el amor (1933).



VIDA

Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado;
vivir, vivir, el sol cruje invisible,
besos o pájaros, tarde o pronto o nunca.
Para morir basta un ruidillo,
el de otro corazón al callarse,
o ese regazo ajeno que en la tierra
es un navío dorado para los pelos rubios.
Cabeza dolorida, sienes de oro, sol que va a ponerse;
aquí en la sombra sueño con un río,
juncos de verde sangre que ahora nace,
sueño apoyado en ti calor o vida.



viernes, 13 de febrero de 2009

El viejo y el mar (Ernest Hemingway)


Durante la presentación que hizo Pedro en el Club de Lectura del libro de Joseph Conrad, El copartícipe secreto, cuya acción se desarrolla a bordo de un barco, Noemí mencionó El viejo y el mar de Ernest Hemingway. Aprovechamos esa intervención para traer a esta página el comienzo de dicha obra.


Ernest Hemingway (1899-1961), escritor y periodista estadounidense, fue uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1954 por su obra completa.

En 1952 sorprende con un breve relato encargado por la revista "Life", El viejo y el mar, por el que recibe el premio Pulitzer en 1953. La historia narra la experiencia de un viejo pescador cubano que ha tenido una mala racha y sale de pesca decidido a terminarla. Un pez enorme pica el anzuelo y se inicia entonces una durísima lucha entre el pescador y el pez. ¿Conseguirá el viejo Santiago volver a puerto con él?



Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos.
–Santiago –le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba varado el bote–. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño.
–No –dijo el viejo–. Tu sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con ellos.
–Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
–Lo recuerdo –dijo el viejo–. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido la esperanza.
–Fue papá quien me obligó. Soy al fin chiquillo y tengo que obedecerle.
–Lo sé –dijo el viejo–. Es completamente normal.
–Papá no tiene mucha fe.
–No. Pero nosotros, sí, ¿verdad?
–Si –dijo el muchacho–. ¿Me permite brindarle una cerveza en la Terraza? Luego llevaremos las cosas a casa.
–¿Por que no? –dijo el viejo–. Entre pescadores.





(Datos sobre Hemingway:  Wikipedia)


El copartícipe secreto (Joseph Conrad)

Imagen de finales del siglo XIX

Aparte del fragmento leído hoy en el Club de lectura, he aquí otro fragmento de la misma obra de Joseph Conrad, El copartícipe secreto.

No está de más recordar que la lengua materna de Joseph Conrad fue el polaco; la segunda lengua que hablaba era el francés y, en tercer lugar, el inglés. Cuando empezó a escribir a los treinta y seis años, usó, curiosamente, el inglés, una lengua que no llegó a hablar hasta casi los veinte. Sin embargo, sus obras ocupan un lugar de honor en la literatura inglesa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, por la lengua empleada.



-¿Qué ha pasado? -pregunté con voz apagada, sacando la lámpara encendida de la bitácora y acercándola a su cara.
-Un asunto feo.
Era de facciones bastante regulares: boca agradable, ojos claros bajo unas cejas algo espesas y negras, frente tersa y rectangular, mejillas imberbes, bigotito castaño, y un mentón redondo y bien formado. Su expresión, bajo la luz inspectora de la lámpara que yo sostenía sobre su cara, era concentrada, meditabunda, como la de un hombre absorto y solitario en sus pensamientos. Mi pijama era exactamente de su talla. Se trataba de un joven robusto, de veinticinco años a lo más. Se mordió el labio inferior con el borde de sus dientes blancos y regulares.
-Sí -dije, devolviendo la lámpara a la bitácora. La cálida y pesada noche tropical volvió a cerrarse sobre su cabeza.
-Allá hay un barco -murmuró.
-Sí, lo sé, el Sephora. ¿Sabían de nuestra presencia?
-Ni la menor idea. Soy su primer oficial... -se interrumpió y corrigió-. O lo era, mejor dicho.
-¡Vaya! ¿Ha sido algo grave?
-Sí. Muy grave. He matado a un hombre.





De la solapa de la edición de la editorial Atalanta, extraemos estos datos.

Inglés, de origen polaco, Joseph Conrad (1857-1924) pasó los primeros veinte años de su juventud navegando por el mundo, y los treinta años restantes escribiendo en su casa. A los diecisiete años se enroló como marinero en Marsella, y prestó servicio en diversos barcos. Navegó por el golfo de Siam, el océano Índico y el archipiélago malayo; más tarde, una vez nombrado capitán de la marina mercante inglesa, comandó un vapor fluvial en el Congo Belga, origen de uno de sus más célebres relatos, El corazón de las tinieblas.
En 1893, renunció a su carrera marina para dedicarse por completo a escribir. Nunca quiso rebajar su arte a simple una crónica de peripecias, sino que supo transformar su experiencia marina en una honda y compleja metáfora de la existencia humana.

Otras obras de Conrad: El negro del Narciso, Lord Jim, Nostromo, El agente secreto, La línea de sombra, El espejo del mar.





Soneto XLVI (Shakespeare)

Fotografía de Estefanía Alcudia Sánchez

En la excelente versión de Agustín García Calvo, he aquí el soneto XLVI de William Shakespeare (1564-1616).


Mi ojo y mi corazón a muerte están en guerra
por cómo de tu vista el campo se reparte:
mi ojo a mi corazón tu imagen ya le cierra;
el corazón al ojo, el derecho a mirarte.

Mi corazón arguye que él te tiene dentro,
alcoba nunca por pupila penetrada;
mas el otro a razones le sale al encuentro,
y alega que tu forma en él está pintada.

A dirimir el pleito se erigió un jurado
de pensamientos -todos del alma aparceros-,
y por su veredicto se han determinado
de ojo claro y de dulce corazón los fueros,

así: a mi ojo tu exterior le corresponde,
y al corazón la parte en que el amor se esconde.




Y Shakespeare escribió:


Mine eye and heart are at a mortal war
how to divide the conquest of thy sight;
mine eye my heart thy picture's sight would bar,
my heart mine eye the freedom of that right.

My heart doth plead that thou in him dost lie,
a closet never pierced with crystal eyes;
but the defendant doth that plea deny
and says in him thy fair appearance lies.

To side this title is impaneled
a quest of thoughts —all tenants to the heart—,
and by their verdict is determined
the clear eye's moiety and the dear heart's part:

as thus: mine eye's due is thy outward part,
and my heart's right thy inward love of heart.


jueves, 12 de febrero de 2009

Un poema de Gianni Rodari


Gianni Rodari era un escritor, maestro y pedagogo italiano. En su obra literaria es muy frecuente la combinación fantástica de imágenes sorprendentes, con las que o bien construye una historia, o bien inicia una trama que debe completar el lector. Gianni Rodari merece volver por este blog, sin duda alguna.

Desconocemos el autor de esta conseguida versión en español del poema cuyo original tenéis abajo. El traductor ha tenido que cambiar la localidad italiana de Viterbo por Monterde para que rime con verde, que debemos entender también en el sentido de "no maduro" (acerbo en italiano).


Un día, en el expreso Soria-Monterde,
vi subir a un hombre con una oreja verde.

Ya joven no era, sino maduro parecía,
salvo la oreja, que verde seguía.

Me cambié de sitio para estar a su lado
y observar el fenómeno bien mirado.

Le dije: "Señor, usted tiene ya cierta edad;
dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?"

Me contestó amablemente: "Yo ya soy persona vieja,
pues de joven sólo tengo esta oreja.

Es una oreja de niño que me sirve para oír
cosas que los adultos nunca se paran a sentir:

Oigo lo que los árboles dicen, los pájaros que cantan,
las piedras, los ríos y las nubes que pasan;

oigo también a los niños cuando cuentan cosas
que a una oreja madura parecerían misteriosas..."

Así habló el señor de la oreja verde
aquel día, en el expreso Soria-Monterde.




UN UOMO MATURO CON UN ORECCHIO ACERBO

Un giorno sul diretto Capranica-Viterbo
vidi salire un uomo con un orecchio acerbo.

Non era tanto giovane, anzi era maturato,
tutto, tranne l'orecchio, che acerbo era restato.

Cambiai subito posto per essergli vicino
e poter osservare il fenomeno per benino.

"Signore, - gli dissi - dunque lei ha una certa età:
di quell'orecchio verde che cosa se ne fa"?

Rispose gentilmente: "Dica pure che son vecchio.
Di giovane mi è rimasto soltanto quest'orecchio.

E' un orecchio bambino, mi serve per capire
le cose che i grandi non stanno mai a sentire:

ascolto quel che dicono gli alberi, gli uccelli,
le nuvole che passano, i sassi, i ruscelli,

capisco anche i bambini quando dicono cose
che a un orecchio maturo sembrano misteriose."

Così disse il signore con un orecchio acerbo
quel giorno sul diretto Capranica-Viterbo.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Carta a una señorita en París (Julio Cortázar)


Cualquier cosa, por imposible que parezca, puede presentarse de lo más normal en los cuentos de Julio Cortázar (1914-1984), un argentino que nació en Bruselas ("producto del turismo y la diplomacia" escribió una vez) y murió en París; por ejemplo: una casa que expulsa de ella a los que allí viven, un hombre que vomita conejos, y tantas otras.

Leamos estas palabras del propio autor que aparecen en una web a él dedicada, La página de Julio Cortázar:

Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra "madre" era la palabra "madre" y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.

En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas.

En este fragmento del cuento Carta a una señorita en París asistimos al momento en que el narrador describe por carta a una mujer cómo a veces vomita conejitos. A pesar de que la previene, y a nosotros con ella ("naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito"), asistimos al "nacimiento" de esos animales como si tal cosa, como si no nos sorprendiera. Al menos, eso es como yo lo veo. ¿Qué os parece a vosotros?


Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.


martes, 10 de febrero de 2009

Un cuento en 'Cine Paraíso'



La película Cinema Paradiso (1989), de Giuseppe Tornatore, es un largo homenaje al cine. En ella asistimos a los recuerdos de Totò, un director cinematográfico de éxito, que recuerda su vida cuando era niño y adolescente en un pueblo de Sicilia en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), al enterarse en Roma, donde vive, de la muerte de Alfredo, el proyeccionista del cine de la localidad, el Nuovo Cinema Paradiso, que se comportó como un padre con él y le transmitió su pasión por el cine. ¡Cuántas peliculas vieron juntos Alfredo y Totó desde la cabina!

En cierta ocasión Alfredo le cuenta un cuento a Totò. Al acabar, el niño pregunta "¿Por qué?". Si no recuerdo mal, su amigo Alfredo le responde: "Ya te enterarás cuando seas mayor".

Y a vosotros, ¿se os ocurre también la misma pregunta?


Érase una vez un rey que dio una fiesta y a ella acudieron las princesas más bellas del reino. Un soldado que estaba de guardia vio pasar a la hija del rey y se enamoró al instante, pero ¡qué podía hacer un pobre soldado con la hija del rey!

Finalmente, un día consiguió conocerla y le dijo que ya no podía vivir sin ella. La princesa se quedó tan impresionada con su fuerte sentimiento, que le dijo al soldado: "Si eres capaz de esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final, yo seré tuya".

En seguida el soldado se fue para allá y esperó un día, dos días y diez y después veinte. Cada tarde la princesa se fijaba en él desde la ventana, pero él no se movía nunca. Con la lluvia, con el viento, con la nieve estaba siempre allí. Los pájaros le cagaban en la cabeza y las abejas se lo comían vivo, pero él no se movía. Después de noventa noches estaba seco, blanco y le caían las lágrimas de los ojos, y no podía contenerlas pues ya no tenía fuerzas ni siquiera para dormir, mientras la princesa no dejaba de mirarlo.

Cuando llegó la nonagésimo novena noche, se levantó, cogió su silla y se marchó.


(Traducido por El transcriptor)



Por curiosidad, aquí esta el texto original en italiano:

Una volta un re fece una festa e c'erano le principesse più belle del regno. Un soldato che faceva la guardia vide passare la figlia del re. Era la più bella di tutte e se ne innamorò subito, ma che poteva fare un povero soldato a paragone con la figlia del re!

Finalmente, un giorno riuscì a incontrarla e le disse che non poteva più vivere senza di lei e la principessa fu così impressionata dal suo forte sentimento che disse al soldato: "Se saprai aspettare cento giorni e cento notti sotto il mio balcone, alla fine, io sarò tua!"

Subito il soldato se ne andò là e aspettò un giorno, due giorni e dieci e poi venti. Ogni sera la principessa controllava dalla finestra ma quello non si muoveva mai. Con la pioggia, con il vento, con la neve era sempre là. Gli uccelli gli cacavano in testa e le api se lo mangiavano vivo ma lui non si muoveva. Dopo novanta notti era diventato tutto secco, bianco e gli scendevano le lacrime dagli occhi e non poteva trattenerle poiché non aveva più la forza nemmeno per dormire, mentre la principessa sempre lo guardava.

Arrivati alla novantanovesima notte il soldato si alzò, si prese la sedia e se ne andò via.



lunes, 9 de febrero de 2009

El Otro Yo (Mario Benedetti)

Alter ego
(Fotografía de Begemot)

Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia —más conocido como Mario Benedetti—no es italiano, como muy bien podríais pensar, sino uruguayo, pues nació en ese país sudamericano, en 1920. Sus padres, italianos, lo bautizaron con cinco nombres, siguiendo las costumbres de su país de origen.

Mario Benedetti es uno de los mayores escritores y poetas en lengua castellana. De su amplia obra, traemos un microrrelato o microcuento, como queráis llamarlo.



EL OTRO YO

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo ante sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico y, debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


El gran Meaulnes (Alain-Fournier)


Del libro El gran Meaulnes, de Alain-Founier (1886-1914).


Capítulo II
DESPUÉS DE LAS CUATRO

Hasta entonces, apenas había tenido oportunidad de correr por las calles con los chicos del pueblo. Una coxalgia que padecí hasta más o menos ese año de 189…, me había convertido en un adolescente medroso y desgraciado. Todavía me veo persiguiendo a los escolares escurridizos por las callejuelas que rodeaban la casa, renqueando miserablemente de una pierna.

Por eso rara vez me dejaban salir. Y recuerdo que Millie, que tan orgullosa estaba de mí, me trajo más de una vez a casa, a fuerza de pescozones, por haberme hallado así, saltando a la pata coja con la chiquillería del pueblo.

La llegada de Augustin Meaulnes, que coincidió con mi curación, marcó el comienzo de una vida nueva.

Antes de su venida, en cuanto acababan las clases, a las cuatro, empezaba para mí una larga tarde de soledad. Mi padre transportaba las brasas de la estufa del aula a la chimenea de nuestro comedor, y, poco a poco, los últimos chicos rezagados iban abandonando la escuela, ya fría, donde fluctuaban torbellinos de humo. Había todavía algunos juegos, alguna que otra carrera por el patio. Luego llegaba la noche; los dos alumnos que habían barrido la clase recogían del cobertizo sus capuchas y sus esclavinas y se iban presurosos, con su cesto bajo el brazo, dejando el portón abierto…

Entonces, y mientras quedaba suficiente luz, yo permanecía al fondo del Ayuntamiento, encerrado en la sala de archivos llena de moscas muertas y de carteles sacudidos por el viento, y leía sentado en una vieja báscula, junto a una ventana que daba al jardín.

Al caer la noche, cuando los perros de la granja vecina empezaban a ladrar y se iluminaba el ventanuco de nuestra cocina, volvía a casa. Mi madre había empezado a preparar la cena. Subía yo entonces tres peldaños de la escalera del desván, me sentaba sin decir palabra y, con la cabeza apoyada en los fríos barrotes de la baranda, la miraba encender el fuego en la estrecha cocina donde vacilaba la llama de una vela.

Pero llegó alguien que me privó de todos estos placeres de niño apacible. Alguien sopló la vela que iluminaba para mí el dulce rostro materno inclinado sobre la cena. Alguien apagó la lámpara en torno a la cual constituíamos una familia feliz cuando, por la noche, mi padre ponía los postigos a las puertas de cristales. Y ese alguien fue Augustin Meaulnes, quien los demás alumnos no tardaron en llamar el gran Meaulnes.

Desde el mismo momento en que entró de pensionista en casa, es decir, desde los primeros días de diciembre, la escuela dejó de estar desierta por la tarde, después de las cuatro. A pesar del frío que entraba por la puerta de batientes, de los gritos de los barrenderos y de sus cubos de agua, siempre se quedaban rezagados en el aula, después de la clase, una veintena de alumnos mayores, tanto del campo como del pueblo., apiñados alrededor de Meaulnes. Y se producían entonces largas discusiones, interminables disputas, en medio de las cuales me deslizaba yo con una mezcla de turbación y placer.

Meaulnes no decía nada, pero era a él a quien iban dirigidas las largas historias de hurtos que, a cada instante, contaba uno de los más locuaces, poniéndose en medio del corro y tomando uno por uno por testigos a sus compañeros, que le manifestaban su ruidosa aprobación, historias que todos los demás seguían, boquiabiertos y riéndose en silencio.

Sentado en un pupitre y balanceando las piernas, Meaulnes escuchaba pensativo. En los momentos álgidos, también se reía, pero sin estridencias, como si reservase sus carcajadas para alguna historia mejor, que sólo él conocía. Después, al anochecer, cuando el resplandor de las ventanas de la clase ya no iluminaba al confuso tropel de jóvenes, Meaulnes se levanta de súbito y, atravesando el apretado corro, exclamaba:

—¡Venga, vámonos!

Le seguían todos, y, hasta bien entrada la noche se oían sus gritos por la parte alta del pueblo.


Ahora también los acompañaba yo algunas veces. Con Meaulnes iba a la puerta de los estables de los arrabales a la hora en que se ordeña a las vacas… Entrábamos en los talleres, y, desde la oscuridad, entre chasquido y chasquido de su telar, oíamos al tejedor que decía:

—¡Ya están aquí los estudiantes!

Por regla general, a la hora de la cena nos encontrábamos muy cerca del colegio, en casa de Desnoues, el carretero que también hacía las funciones de herrero. Su taller era una antigua posada, con grandes puertas de dos hojas que siempre estaban abiertas. Desde la calle se oía el rechinar el fuelle de la fragua, y el resplandor de las brasas permitía vislumbrar, en aquel lugar oscuro y estridente, unas veces las siluetas de campesinos que habían detenido allí sus carros para echar una parrafada, y otras a algún que otro escolar como nosotros, apoyado en la puerta, mirando y sin decir nada.

Y fue allí donde empezó todo, unos ocho días antes de Navidad.


sábado, 7 de febrero de 2009

Una cita de René Char


Del poeta francés René Char (1907-1988):


Lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante.



L'essentiel est sans cesse menacé par l'insignifiant.